Los Charleros de camionetica se niegan a la extinción

10 May

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No importa qué circunstancias los rodeen, o qué accidentes sufran. Las camionetas son su escenario y los viajeros su público consumidor. No hay ley que los proteja ni patrón que los mande. Su poder de convencimiento se pone a prueba con cada viaje y con cada pasajero

Jhon G. Lindarte

El autobús ya está lleno de pasajeros y el conductor se dispone a arrancar. “Permiso, compañero”, le dice al chofer un hombre que sube al vehículo apoyado en un par de  muletas. El carro comienza a moverse. “Buenas, señores pasajeros, llegó el mocho feliz a traerles esta única promoción”, suelta Danger, el vendedor de camioneticas más antiguo de la ruta Chacaíto-Baruta mientras empuja una caja llena de chupetas con su única pierna.

“Llévate la fabulosa promoción de tres chupetas por 10 bolos. Demasiado buenas, mi hermano”. Los pasajeros parecen estar acostumbrados a su presencia. Alguno hurgan sus carteras buscando los 10 Bs. “Muchas gracias mi gente. Qué Dios los bendiga. ¿Cuántos dicen ‘amén’?” y los pasajeros responden en coro: “Amén”. “Saquen los reales también”, termina el vendedor.

Así es la labor de estos trabajadores: se suben a las camioneticas, entregan  productos puesto por puesto e inician su característico discurso de persuasión que les mereció el apodo de “charleros”.  El que quiere compra, el que no le devuelve el cepillo, el lapicero o el  desparasitante  que esté vendiendo. No hay compromiso.

Definirlos es una tarea difícil. No son comerciantes, ni buhoneros, tampoco son microempresarios y mucho menos empleados. Para Blanca Llerena, secretaria general de la Federación Única de Trabajadores No Dependientes de Venezuela (Futrand), son simplemente trabajadores sin patrono. “No podemos decir que son comerciantes, porque no encajarían con lo estipulado en el Código de Comercio. Son trabajadores porque están dedicando un esfuerzo físico y mental a una actividad que le genera ganancias para cubrir sus necesidades elementales”.

Según Llerena tampoco se les podría calificar de “buhoneros”, pues no reúnen las características de esta actividad. “Sin embargo, al igual que los buhoneros, ellos también hacen parte del sector económico informal del país”, apunta.

Sergio Otero, economista y profesor de la cátedra de Desarrollo Económico en Universidad Central de Venezuela (UCV),  coincide con Llerena al ubicar a estos trabajadores dentro del sector informal. “Ellos hacen parte del 42.6% del sector de la economía informal de Venezuela que ha estimado el Instituto Nacional de Estadística (INE) este año”.

Informales sin protección  

Los  vendedores de camionetica no están suscritos a ningún organismo del Estado ni a ninguna organización no gubernamental (ONG) que valide y proteja su labor. Tampoco están registrados en La Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) ni en la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

A pesar de laborar sin la protección de ninguna institución estos trabajadores se aferran a la Constitución y al Art. 26 de la Ley Orgánica del Trabajo (LOT), el cual reza que “toda persona tiene derecho al trabajo y el deber de trabajar de acuerdo a sus capacidades y aptitudes, y obtener una ocupación productiva, debidamente remunerada, que le proporcione una existencia digna y decorosa”.

No obstante Otero, también experto en finanzas, señala que estos trabajadores “encajan como los más informales dentro de la economía informal”, pues ninguno de ellos goza de los beneficios contemplados en el Art. 92 de la Constitución ni en lo estipulado en la LOT en relación a sus prestaciones sociales, vacaciones y suma de cotizaciones.

No conformes con entregar su fuerza física sin ningún tipo de retribución futura estos trabajadores se las han tenido que arreglar frente a las distintas prohibiciones hechas en los últimos años por las alcaldías del Distrito Capital, las cuales han autorizado a la Dirección de Transporte Público  prohibir el ingreso de estos vendedores a las unidades de trasporte colectivo.

“Por ordenanzas de las alcaldías no se aceptan vendedores y pedigüeños”  así rezan las calcomanías pegadas al costado de las puertas de los autobuses. Los “charleros” han tenido que entablar amistad con los conductores para que éstos los dejen subirse al autobús y así vender lo que puedan a pesar de la prohibición.

“Uno tiene que hacerse pana de los conductores. Ellos nos conocen y saben que no vamos a asustar a los pasajeros, por eso nos dejan montarnos”, dice Cedeño, charlero de 40 años que se gana el sustento de su familia vendiendo cepillos dentales en los autobuses de la ruta Chacaito-Hatillo desde hace siete años. Él afirma que seguirá trabajando bajo cualquier circunstancia. Está dispuesto a la organización y legislación, pero nunca a dejar de trabajar como “charlero”.

“Este trabajo no es fácil”, comenta.  “Yo lo considero un trabajo común y corriente, no es desprestigiado como muchos lo ven, por eso debo esforzarme todos los días”. Cedeño tiene 3 hijos y una esposa. Cuenta que su antiguo trabajo era en construcción “pero eso no me bastaba para mantener mi hogar”.

Sin charla no hay venta

El sociólogo y docente universitario, José Manuel Esteves, los visualiza como “vendedores de oportunidad” que se han dedicado a esta práctica movidos por el remunerado ingreso diario y por la despreocupación “de no rendirle cuentas a nadie”.

“La gente dice que el venezolano es flojo, pero eso no es cierto. Lo que pasa es que no nos gusta que nos manden. Nos gusta ser nuestros propios jefes, quizás por eso es que ellos se dedican a esta práctica”, sostiene Esteves.

El experto concluye que estos vendedores se valen de técnicas de convencimiento al momento de subirse a los autobuses. Dice que ellos aprovechan la idiosincrasia del venezolano para vender los productos. “Esa de ser colaborador y solidario con quien llega, te ofrece un producto y además te lo acompaña con una historia”.

El “Morocho” es otro charlero que se dedica a esta práctica desde que tenía 16 años (ahora de 25).Él valida lo planteado por Esteves: “tenemos que saber cómo venderle a la gente. Ofrecerle promociones de dos por uno”.  Él viaja regularmente al Estado Lara para abastecerse de dulces de guayaba para luego venderlos en las camionetas de Caracas.

Historias de camionetica

Giovanny, un conductor de la ruta Silencio-Baruta desde hace siete años dice que los “charleros” son peligrosos e irrespetuosos. “A ellos se les había prohibido montarse en los carros, y nosotros los conductores se lo impedíamos en un principio, pero eso nos trajo muchos problemas. Yo dejo subir a quien sea. No quiero problemas con ellos. Hay casos donde han matado al chofer”.

Cientos de historias se escuchan sobre estos vendedores. Hay “charleros” que se han vuelto casi celebridades entre los pasajeros. Ese es el caso de Danger, un vendedor de camioneticas que se describe a sí mismo como “un mocho feliz”.

Su historia se ha visto marcada por su labor en los autobuses. Ser “charlero” le ha traído desgracias, alegrías, bienestar y más tarde “un encuentro con Dios”. Desde los quince años se sube a los autobuses para vender cualquier tipo de producto. Ahora tiene 31 años. “Yo soy capaz de vender lo que sea, ese es mi talento” comenta.

Danger, quien está consciente de que su nombre significa “peligro” en inglés, dice que su madre no tenía razón alguna para nombrarlo de esa manera, más el peligro, como su nombre, lo ha acompañado a lo largo de su vida.

A sus 19 años el peligro lo alcanzó. Él se encontraba trabajando como “charlero” en las camioneticas de Charallave cuando intentó subirse al autobús de un conductor con el que había discutido en una oportunidad. “Yo le toqué la puerta y él me abrió. Pero cuando me subí él cerró y yo me caí de cara al asfalto. Entonces, este autobús de 49 puestos y con 56 pasajeros, me pasó por encima de mi pierna derecha dos veces. Pude ver la muerte… nunca me imaginé así: mocho”, cuenta mientras mira su muñón.

“En ese momento, sentí como la sangre me subía y me bajaba por el cuerpo. Ahí comencé a gritar ‘¡Ayúdenme, no me quiero morir, ayúdenme!’”. Danger  fue trasladado en ese momento a la clínica Camino Real de Charallave, donde no lo atendieron y lo remitieron al Hospital Pérez Carreño de Caracas. Se estuvo desangrando por más de una hora. Una vez hospitalizado procedieron con la amputación. El fémur se encontraba destrozado.

El peligro parecía haberse ensañado con Danger. Tres días después del incidente su casa se incendió. “Si no me moría en el accidente hubiera muerto quemado en mi casa”, comenta. Durante sus cuatro meses internado en el hospital se vio afectado por una grave gangrena gaseosa que casi causa su muerte. “No pegaba una”. Luego de superada la infección, se le detectaron tres bacterias en la herida. “Solo Dios me salvó”, concluye.

El proceso de recuperación fue duro. Casi milagroso. Danger salió del hospital en silla de ruedas y comenzó un procedimiento legal contra el conductor que causó el accidente. No tuvo resultados, la jueza encargada del caso en el Circuito de Ocumare desestimó la denuncia y le dijo a Danger: “Lo siento, señor, así es la vida”.

Desde entonces Danger se congregó al cristianismo y vive en una casa hogar. El tiempo sanó sus heridas. “Las del corazón y las de la pierna”, apunta. Perdonó al chofer y ahora, y desde hace 8 años, volvió a vender productos en las camioneticas.

Los “charleros” no están subscritos a ningún marco jurídico que les garantice sus beneficios laborales. Dependen del pasajero, del chofer y del ingenio de su charla. “Este es mi talento. Soy feliz así y seguiré trabajando para mejorar. No existen obstáculos para no trabajar. Nuestra existencia depende de nuestro trabajo”, dice Danger.

El autobús ya está lleno de pasajeros y el conductor se detiene en una parada. Danger se baja. “Permiso, compañero” le dice un hombre que acaba de subir al autobús con una caja entre sus manos. El carro comienza a moverse. “Buenas, señores pasajeros, les traigo esta única promoción…”

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