Archivo | mayo, 2013
Imagen

Pedro Noalcanzadilla

16 May

Caricatura paro universitario¿Será que no alcanza, profesor?

Los Charleros de camionetica se niegan a la extinción

10 May

IMAGEN-8765041-2

 

No importa qué circunstancias los rodeen, o qué accidentes sufran. Las camionetas son su escenario y los viajeros su público consumidor. No hay ley que los proteja ni patrón que los mande. Su poder de convencimiento se pone a prueba con cada viaje y con cada pasajero

Jhon G. Lindarte

El autobús ya está lleno de pasajeros y el conductor se dispone a arrancar. “Permiso, compañero”, le dice al chofer un hombre que sube al vehículo apoyado en un par de  muletas. El carro comienza a moverse. “Buenas, señores pasajeros, llegó el mocho feliz a traerles esta única promoción”, suelta Danger, el vendedor de camioneticas más antiguo de la ruta Chacaíto-Baruta mientras empuja una caja llena de chupetas con su única pierna.

“Llévate la fabulosa promoción de tres chupetas por 10 bolos. Demasiado buenas, mi hermano”. Los pasajeros parecen estar acostumbrados a su presencia. Alguno hurgan sus carteras buscando los 10 Bs. “Muchas gracias mi gente. Qué Dios los bendiga. ¿Cuántos dicen ‘amén’?” y los pasajeros responden en coro: “Amén”. “Saquen los reales también”, termina el vendedor.

Así es la labor de estos trabajadores: se suben a las camioneticas, entregan  productos puesto por puesto e inician su característico discurso de persuasión que les mereció el apodo de “charleros”.  El que quiere compra, el que no le devuelve el cepillo, el lapicero o el  desparasitante  que esté vendiendo. No hay compromiso.

Definirlos es una tarea difícil. No son comerciantes, ni buhoneros, tampoco son microempresarios y mucho menos empleados. Para Blanca Llerena, secretaria general de la Federación Única de Trabajadores No Dependientes de Venezuela (Futrand), son simplemente trabajadores sin patrono. “No podemos decir que son comerciantes, porque no encajarían con lo estipulado en el Código de Comercio. Son trabajadores porque están dedicando un esfuerzo físico y mental a una actividad que le genera ganancias para cubrir sus necesidades elementales”.

Según Llerena tampoco se les podría calificar de “buhoneros”, pues no reúnen las características de esta actividad. “Sin embargo, al igual que los buhoneros, ellos también hacen parte del sector económico informal del país”, apunta.

Sergio Otero, economista y profesor de la cátedra de Desarrollo Económico en Universidad Central de Venezuela (UCV),  coincide con Llerena al ubicar a estos trabajadores dentro del sector informal. “Ellos hacen parte del 42.6% del sector de la economía informal de Venezuela que ha estimado el Instituto Nacional de Estadística (INE) este año”.

Informales sin protección  

Los  vendedores de camionetica no están suscritos a ningún organismo del Estado ni a ninguna organización no gubernamental (ONG) que valide y proteja su labor. Tampoco están registrados en La Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV) ni en la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

A pesar de laborar sin la protección de ninguna institución estos trabajadores se aferran a la Constitución y al Art. 26 de la Ley Orgánica del Trabajo (LOT), el cual reza que “toda persona tiene derecho al trabajo y el deber de trabajar de acuerdo a sus capacidades y aptitudes, y obtener una ocupación productiva, debidamente remunerada, que le proporcione una existencia digna y decorosa”.

No obstante Otero, también experto en finanzas, señala que estos trabajadores “encajan como los más informales dentro de la economía informal”, pues ninguno de ellos goza de los beneficios contemplados en el Art. 92 de la Constitución ni en lo estipulado en la LOT en relación a sus prestaciones sociales, vacaciones y suma de cotizaciones.

No conformes con entregar su fuerza física sin ningún tipo de retribución futura estos trabajadores se las han tenido que arreglar frente a las distintas prohibiciones hechas en los últimos años por las alcaldías del Distrito Capital, las cuales han autorizado a la Dirección de Transporte Público  prohibir el ingreso de estos vendedores a las unidades de trasporte colectivo.

“Por ordenanzas de las alcaldías no se aceptan vendedores y pedigüeños”  así rezan las calcomanías pegadas al costado de las puertas de los autobuses. Los “charleros” han tenido que entablar amistad con los conductores para que éstos los dejen subirse al autobús y así vender lo que puedan a pesar de la prohibición.

“Uno tiene que hacerse pana de los conductores. Ellos nos conocen y saben que no vamos a asustar a los pasajeros, por eso nos dejan montarnos”, dice Cedeño, charlero de 40 años que se gana el sustento de su familia vendiendo cepillos dentales en los autobuses de la ruta Chacaito-Hatillo desde hace siete años. Él afirma que seguirá trabajando bajo cualquier circunstancia. Está dispuesto a la organización y legislación, pero nunca a dejar de trabajar como “charlero”.

“Este trabajo no es fácil”, comenta.  “Yo lo considero un trabajo común y corriente, no es desprestigiado como muchos lo ven, por eso debo esforzarme todos los días”. Cedeño tiene 3 hijos y una esposa. Cuenta que su antiguo trabajo era en construcción “pero eso no me bastaba para mantener mi hogar”.

Sin charla no hay venta

El sociólogo y docente universitario, José Manuel Esteves, los visualiza como “vendedores de oportunidad” que se han dedicado a esta práctica movidos por el remunerado ingreso diario y por la despreocupación “de no rendirle cuentas a nadie”.

“La gente dice que el venezolano es flojo, pero eso no es cierto. Lo que pasa es que no nos gusta que nos manden. Nos gusta ser nuestros propios jefes, quizás por eso es que ellos se dedican a esta práctica”, sostiene Esteves.

El experto concluye que estos vendedores se valen de técnicas de convencimiento al momento de subirse a los autobuses. Dice que ellos aprovechan la idiosincrasia del venezolano para vender los productos. “Esa de ser colaborador y solidario con quien llega, te ofrece un producto y además te lo acompaña con una historia”.

El “Morocho” es otro charlero que se dedica a esta práctica desde que tenía 16 años (ahora de 25).Él valida lo planteado por Esteves: “tenemos que saber cómo venderle a la gente. Ofrecerle promociones de dos por uno”.  Él viaja regularmente al Estado Lara para abastecerse de dulces de guayaba para luego venderlos en las camionetas de Caracas.

Historias de camionetica

Giovanny, un conductor de la ruta Silencio-Baruta desde hace siete años dice que los “charleros” son peligrosos e irrespetuosos. “A ellos se les había prohibido montarse en los carros, y nosotros los conductores se lo impedíamos en un principio, pero eso nos trajo muchos problemas. Yo dejo subir a quien sea. No quiero problemas con ellos. Hay casos donde han matado al chofer”.

Cientos de historias se escuchan sobre estos vendedores. Hay “charleros” que se han vuelto casi celebridades entre los pasajeros. Ese es el caso de Danger, un vendedor de camioneticas que se describe a sí mismo como “un mocho feliz”.

Su historia se ha visto marcada por su labor en los autobuses. Ser “charlero” le ha traído desgracias, alegrías, bienestar y más tarde “un encuentro con Dios”. Desde los quince años se sube a los autobuses para vender cualquier tipo de producto. Ahora tiene 31 años. “Yo soy capaz de vender lo que sea, ese es mi talento” comenta.

Danger, quien está consciente de que su nombre significa “peligro” en inglés, dice que su madre no tenía razón alguna para nombrarlo de esa manera, más el peligro, como su nombre, lo ha acompañado a lo largo de su vida.

A sus 19 años el peligro lo alcanzó. Él se encontraba trabajando como “charlero” en las camioneticas de Charallave cuando intentó subirse al autobús de un conductor con el que había discutido en una oportunidad. “Yo le toqué la puerta y él me abrió. Pero cuando me subí él cerró y yo me caí de cara al asfalto. Entonces, este autobús de 49 puestos y con 56 pasajeros, me pasó por encima de mi pierna derecha dos veces. Pude ver la muerte… nunca me imaginé así: mocho”, cuenta mientras mira su muñón.

“En ese momento, sentí como la sangre me subía y me bajaba por el cuerpo. Ahí comencé a gritar ‘¡Ayúdenme, no me quiero morir, ayúdenme!’”. Danger  fue trasladado en ese momento a la clínica Camino Real de Charallave, donde no lo atendieron y lo remitieron al Hospital Pérez Carreño de Caracas. Se estuvo desangrando por más de una hora. Una vez hospitalizado procedieron con la amputación. El fémur se encontraba destrozado.

El peligro parecía haberse ensañado con Danger. Tres días después del incidente su casa se incendió. “Si no me moría en el accidente hubiera muerto quemado en mi casa”, comenta. Durante sus cuatro meses internado en el hospital se vio afectado por una grave gangrena gaseosa que casi causa su muerte. “No pegaba una”. Luego de superada la infección, se le detectaron tres bacterias en la herida. “Solo Dios me salvó”, concluye.

El proceso de recuperación fue duro. Casi milagroso. Danger salió del hospital en silla de ruedas y comenzó un procedimiento legal contra el conductor que causó el accidente. No tuvo resultados, la jueza encargada del caso en el Circuito de Ocumare desestimó la denuncia y le dijo a Danger: “Lo siento, señor, así es la vida”.

Desde entonces Danger se congregó al cristianismo y vive en una casa hogar. El tiempo sanó sus heridas. “Las del corazón y las de la pierna”, apunta. Perdonó al chofer y ahora, y desde hace 8 años, volvió a vender productos en las camioneticas.

Los “charleros” no están subscritos a ningún marco jurídico que les garantice sus beneficios laborales. Dependen del pasajero, del chofer y del ingenio de su charla. “Este es mi talento. Soy feliz así y seguiré trabajando para mejorar. No existen obstáculos para no trabajar. Nuestra existencia depende de nuestro trabajo”, dice Danger.

El autobús ya está lleno de pasajeros y el conductor se detiene en una parada. Danger se baja. “Permiso, compañero” le dice un hombre que acaba de subir al autobús con una caja entre sus manos. El carro comienza a moverse. “Buenas, señores pasajeros, les traigo esta única promoción…”

¿La Santería es realmente un negocio?

1 May

Foto extraída del blog The Phenomenal Life.

La religión Yoruba no es económica

¿La Santería es realmente un negocio?

Una gran cantidad de elementos influyen en los altos costos que se manejan en las ceremonias y consultas

Camila Lessire

La religión Yoruba, actualmente conocida como Regla de Ocha o Santería, ha estado rodeada de un manto de misterio para todas aquellas personas que le son ajenas. Víctima de especulaciones y rumores muestra un mundo desconocido que tiene origen en Nigeria, África. Entre los temas que suelen alimentar el cotilleo se encuentra la suma de dinero que cada creyente debe pagar por hacerse un ebbó (limpieza) o montarse un santo, como se dice coloquialmente. A veces una cifra de 20 millones de bolívares puede parecer exorbitante. Pero, ¿qué hay detrás de todos esos números?

Esta religión llega a Latinoamérica en la época de la esclavitud, cuando los barcos negreros traían esclavos de África. José Luis Roque, nombre de santo Oni Shangó, en su blog Religión Yoruba en Venezuela habla sobre cómo las creencias afro se difundieron en territorio americano. Los países que absorbieron con mayor ímpetu las creencias extranjeras fueron Cuba y Brasil, no es fortuito que hayan sido las últimas naciones en decretar la abolición de la esclavitud. Del mestizaje surge el cruce de las espiritualidades africanas con los santos católicos, Cuba fue el pionero en institucionalizar la nueva rama llamada afro-cubana.

Para comenzar a entender los precios que se manejan es necesario saber cuáles son los pasos que debe seguir el creyente para ir adquiriendo sabiduría y soluciones a problemas determinados. Es frecuente la realización de consultas, a un intervalo de 21 días, con el fin de saber cuáles son los males que aquejan y la solución para ellos. Según lo reflejado en los caracoles se realizan los ebbó o limpiezas, donde hay que adquirir una cantidad de materiales para su realización. Este mismo sistema de adivinación determinará si el aleyo (iniciado) deberá coronarse el santo, es lo más costoso y varían según el santo y la casa.

Atracción de energías

Richar Tovar, babalawo desde hace dos años, explica que la consulta no consiste nada más en la lectura de los caracoles. “Uno por todas esas cosas cobra, pero no para que quede dinero para uno sino por todo lo que se tiene que comprar para la ceremonia”. El iniciado debe cancelar el derecho a Orula, oráculo de adivinación, que son 80 bolívares, los materiales para hacerse su limpieza y la del babalawo. Todo eso está incluido en el precio de la consulta que ronda entre los 200 bolívares.

El consultante debe pagar el ebbó del balalawo porque las energías pasan de una persona a otra una vez que el astral de otras vidas es limpiado. Tovar indica que “una vez que uno limpia eso está sacando a Aron, por ejemplo, una parte mala del mundo, una enfermedad, al quitarlo uno debe hacerse una limpieza para que Aron vuelva al cielo”. Esta situación no sólo ocurre en las consultas sino también al momento de hacerte un santo.

Luis Ocariz, colaborador de la Asociación Oriateces de Venezuela (AOV), revela que en el caso de que la ceremonia se esté haciendo por salud y el padrino del iniciado no le cobre nada adicional sino su trabajo (500 bolívares) es contraproducente. “Esta situación puede perjudicar al padrino porque si la ceremonia se hizo por salud, esta área va mermar en quien le hizo el santo por lo que debe recibir un santo él. Con 500 bolos no va a hacerse ningún santo, tiene que sacarlo de su bolsillo, ponerse a correr”.

Coronación del santo

La coronación es una ceremonia que requiere mucho material y personal. Lo que se vaya a pedir depende de cuál es la importancia del santo a coronar. Sin embargo, el número del personal se mantiene generalmente para todos los rituales de este tipo. Alrededor de 15 personas habitan la casa de santo en los días de ceremonia y todas ellas cobran por su trabajo.

Sarah Castillo, practicante de la religión desde hace 7 años, comenta, recordando su experiencia anterior de hacerse santo, que “es un tema complicado, cada quien maneja sus intereses.  No vas a encontrar un precio fijo”. Luego pasa a enumerar los santos más caros que son los guerreros, conformados por Eleguá, Ogún y Ochosi. “Llevan muchos más animales, muchas más cosas que debe comprar la persona y por eso salen más caros”. Estima que una de estas deidades africanas oscile en 30 millones de bolívares. Las otras omnipotencias que no forman parte de este trío se pueden costear con 16 millones.

“El religioso no trabaja sólo”, repite riendo Ocariz, “siempre tenemos que trabajar con un aproximado de ocho personas dentro de la realización de la Ocha (coronación), religiosos directamente”. Además de ellos están alrededor de 4 cocineras que se encargarán de preparar el menú que disfrutarán los huéspedes alojados en la casa de santo durante una semana. También se encargarán de botar los desechos producidos durante el ritual. Sin contar a los padrinos que mayoritariamente cobran derecho, dinero.

El antropólogo, Edgar Mora, explica que el lucro a través de la fe siempre será mal visto. “En el caso de los santeros tiene un peso mayor porque ha sido una colectividad minoritaria que ha sido satanizada”. Continua diciendo que podría verse como una transacción, los santos ofrecen un servicio y se paga por eso. Aunque en el área de la religiosidad “por una razón metafísica o un plano más espiritual el santo les hace el trabajo, les logra el milagro y ellos adquieren esa fe”. Es una religión en donde se ven los resultados.

“Toda promesa es un compromiso solemne que debe ser pagado con el esfuerzo, la capacidad, y la posibilidad de cada quien. (…). La promesa tiene un rol determinante en tanto que ella implica una relación de intercambio utilitario entre el santo y el devoto”. Esta frase contenida en el ensayo de María Eugenia Talabera, profesora de la Universidad Simón Bolívar, llamado Las religiones populares en Venezuela, resume parte de la psicología del creyente y se corresponde a la lógica que mantiene las bases de las religiones afroamericanas, entre ellas la Yoruba.

En relación con eso, Inés Barreto, vicepresidenta del AOV, deja algo en claro: “ningún santero le pone el cuchillo en el pecho a nadie para que se haga la Ocha”. Pero, generalmente, las personas acuden por la angustia de que la consulta pudo haber indicado que su vida estaba “recortadita”. De todos los participantes es el Oriaté, anfitrión de la ceremonia, quien obtiene más ganancias.

Religión de los marginados

Las razones por las que la gente se inicia en la religión Yoruba son varias –herencia familiar, salud, curiosidad- pero hay una que impera entre las demás, la necesidad. El babalawo Richard Tovar la menciona, “normalmente se llega a esta religión por necesidad, es como un aguante (…). Está vista como la religión de la gente pobre, de los marginados, de los malandros y de los asesinos”. Cuando existen problemas que consiguen solución mediante las vías regulares es común que el ser humano busque métodos de adivinación para que lo guíen en la resolución de las dificultades.

Sobre este aspecto, Edgar Mora concuerda con Tovar al señalar que la mayoría de los creyentes se encuentran en “zonas de clases deprimidas, aunque las personas de estas clases no son las que tienen el dinero para asumir los gastos reales al hacerle la ofrenda al santo”. Sin embargo, sitúa a los babalawos dentro de una clase más favorecida. “Son personas de un poder adquisitivo mucho mayor, se los permite la realización de los trabajos con el santo. Esto los lleva a una posición económica mejor que el resto”.

La religión Yoruba no consiste solamente en hacerse consultas o montarse santos a capricho, conlleva un trabajo espiritual y personal grande. Detrás de cada una de estas ceremonias hay numerosas personas y elementos que deben ser tomados en cuenta a la hora de plantearse la pregunta ¿Es la santería un negocio o no?

RECUADRO

Animales palo arriba

El costo de los animales ayuda al aumento de precio. El monto dependerá de qué tan grande sea el animal o qué tan fácil sea conseguirlo. La vicepresidenta del AOV indicó que el costo varía según el tipo: gallina, 150 BsF;  pollo, 50 BsF; paloma, 180 BsF; carnero, 750 BsF; chivo, 550 BsF y guinea, 420 BsF.